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Hace un tiempo que fue ayer / Apocalipsis en Bungalow Palace  

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JRequena - ELOSP
(@jrequena)
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19/12/2019 8:03 pm  

Viene el niño hacia su padre, que está sentado y ocioso frente a un equipo informático con el emblema de una manzana como símbolo de identidad. Señala el castillo que acaba de dejar a media construcción sobre una amplia alfombra que cubre gran parte de la superficie entarimada del gran salón presidido por brillantes reflejos dorados y plateados. Se ha quedado sin piezas para poder alcanzar la altura que él desea que tenga cuando esté acabado. Es evidente que quiere continuar sumando más piezas a su construcción. Su propósito final es poder entrar dentro de ese castillo y asomar su redonda carita por una especie de ventana que apenas ha comenzado a reservar para dicho propósito.

El padre echa un vistazo al amplio espacio donde, minutos antes, ha estado entretenido su hijo jugando y observa que todavía quedan algunas piezas repartidas por doquier, algunas de ellas rotas, quizá por el paso de los años que han estado guardadas en una caja de cartón, o quizá porque el niño las ha podido pisar sin darse apenas cuenta de que son frágiles debido a su condición o al aspecto quebradizo de su superficie amarillenta, consecuencia del olvido y el poco uso.

Se levanta de su cómoda silla ergonómica y deja, por un momento sus ordenadores, en los cuáles ha estado dedicando parte de los últimos días, acondicionando el amplio espacio que promete tener todo el conglomerado de discos duros y del que apenas disponía por estar ocupado de ficheros de extenso tamaño y del que, en breve, podrá empezar a disponer a su antojo, sobre todo cuando acabe de eliminar las últimas carpetas y todo lo que contienen en su interior. Hoy mismo quedará como nuevo y a partir de ese momento podrá dedicarlo a su ocio exclusivo.

Le coge la delicada mano a su hijo y, juntos, caminan por el vestíbulo y otras dependencias de la enorme casa hacia el vestusto almacén, donde guardan gran cantidad de material, del que, un día u otro, tendrán que hacerse el ánimo y poner a la venta. Mejor si lo hacen en subasta al mejor postor, ya que habrá algunos artículos que podrán aportar un buen dinero a la familia. Pero todo se andará. Por ahora no hay prisa. El tiempo revaloriza al alza aquello que tiene un cierto valor en la actualidad.

Llegan a su objetivo. El niño señala una de las cajas de cartón de la parte alta, que se soporta gracias a otras que quedan debajo de ella. Todavía quedan cuatro similares, y según su madre, todas están llenas con el mismo contenido. Piezas de construcción. Ladrillitos de colores diversos, listos para apilar y crear verdaderas estructuras que motiven su creatividad y de un tamaño adecuado para un niño de su edad.

El padre alcanza la caja que su hijo señala y la lleva hasta el salón seguido de cerca por el pequeño, donde ambos estaban juntos hace poco rato, trabajando cada cual en su tarea. Por suerte, el espacio donde juega el niño, lo cubre una inmensa alfombra de tonos granates, que cubre el cálido suelo de madera victoriana y hace más mullida la pisada o el sentarse sobre ella. Es un sitio grande, y aunque frente a la alfombra, preside una amplia chimenea que apenas se ha usado y que es más adorno que utilidad, la calefacción central no obliga a encenderla ya que es muy agradable y llega a cualquier lugar de la gran vivienda.

Quitán ambos el precinto que cierra la caja y al abrirla se huele el rancio olor de un espacio cerrado hace ya muchos años, mezclado con olores a plástico y resina. No importa. El padre vuelca el contenido sobre la alfombra, cerca de la obra en la que está entretenido su hijo y se escucha apenas el choque entre cada una de las piezas, pero no la caída que provocarían éstas sobre un duro y frío suelo.

Rápidamente, el niño se afana en volver a su tarea. Coge un buen puñado de piezas. Las que puede agarrar con sus regordetas manos y se sitúa ante lo que será la puerta de entrada al castillo que piensa mostrarle a su mamá en cuanto cruce el umbral.

Agradece a su papá su ayuda con una sonrisa mientras le ve marchar allí, cerca, a su mesa de ocio, en la cual hay un par de pantallas de ordenador y varios equipos de los cuáles brillan lucecitas de colores conectados entre sí por red local.

Pasadas lo que en un principio le parecen un par de horas, el padre siente que su hijo le estira de la camisa, queriendo llamar su atención. Vuelve su mirada y le ve mostrándole algo en las manos con aspecto de pequeños papeles. Le coge por la cintura y se lo sube a las rodillas indicándole que espere un instante, mientras acaba una tarea que por fin está casi finalizada.

El niño ve con sus redondos ojillos como el ratón se mueve por la pantalla, seleccionando varias carpetas, que acto seguido se arrastran hasta un icono en el que cree que no va a poder dejarlas, puesto que se trata de una papelera de la cual rebosan gran cantidad de papeles. Pero para su asombro, si quedan allí. Una barra de proceso aparece en el centro de la pantalla indicando que la tarea se ha realizado. Acto seguido el ratón vuelve a dirigirse a la papelera y con acierto indica que debe vaciarla. Instantes después se escucha un crujir de lo que podrían ser papeles virtuales y la papelera queda vacía de todo su contenido. Limpia. Impoluta. Reluciente. Transparente. Luce como nueva. Vacía de contenido...

Mientras el padre coge los papelitos que el niño continúa manteniendo en sus manos, el niño recuerda alguno de los iconos de aquellas últimas carpetatitas que su padre ha trasladado a la papelera. Alguno de ellos le gustaba por su colorido y forma: un círculo de colores entre rojos, amarillos y azules, simulando una nave espacial con un avioncito a su lado o las manos de un mago haciendo brillar unas zapatillas rojas rotulado con un número "7" seguido de un "9" que ya sabe identificar, junto a la palabra "ITEMS".

A todo esto, su padre, observa con detenimiento los papelitos que su hijo llevaba entre sus manos y que no son otra cosa que las etiquetas de algunas de las piezas de su nuevo juego. Etiquetas que se han desprendido de su lugar de origen, bien porque el adhesivo se ha resecado o porque el niño ha conseguido despegarlas con cierta facilidad. Algunas de ellas llevan escritas frases que a él no le dicen gran cosa: "TWVOL4", "SHOWTOORBISON", "JULY1980", "JANUARY1975", "FTMEXTRA"... y piensa en la inutilidad de conservar este material obsoleto que no tiene donde reproducir, ni pretende buscar a estas alturas el método con el cual hacerlo.

Vuelve la cara hacia el lugar en el que el niño ha estado jugando gran parte de la tarde y se sorprende de que haya optado por derruir su construcción. Apenas queda un pequeño muro de lo que fue el castillo y, por lo visto, a debido dedicarse a sacar de muchos de los cassettes, su vida interior, su memoria, su cinta; larga y delicada, esparciéndola a su antojo y creando verdaderas montañas brillantes y mullidas de color oscuro. Una auténtica maraña que obstaculiza el movimiento y de la que habrá que desprenderse cuanto antes. Ahí habrá cerca de 1.000 cassettes y deben quedar la misma cantidad guardada.

Le viene a la mente la imagen de los contenedores de basura que hay frente a su gran mansión situada en las colinas de Los Angeles. Una casa de estilo victoriano, heredada, junto a otras viviendas, del abuelo del niño. Un gran músico al parecer, de pelo rizado y perennes gafas de pera, de apellido LYNNE, como su mujer... Su suegro. Del cual también heredaron, hace ya mucho tiempo, una gran fortuna y multitud de instrumentos musicales de gran valor, según algunos entendidos en la materia...

El padre piensa: -Por lo pronto, voy a desacerme de la telaraña que se ha adueñado del salón y de las cajas similares que lo han provocado y que se guardan en el almacén.

-"Un día de estos abro una cuenta en eBay..."

JRequena


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